21 de abril de 2015

Rescate: Las muchachas de Abril


El miércoles 21 de Abril del 2011, realizamos un Rescate a la memoria y lucha de las “Muchachas de Abril”, nos concentramos en Bulevar y San Martin, para marchar hacia la casa donde fueron asesinadas.
Fue una jornada muy emotiva, llevamos antorchas, dejamos una placa en la casa y entonamos una canción en su homenaje.



A continuación les dejamos una resumen de aquella noche donde fueron asesinadas, el texto fue extraído de “Los Ovillos de la memoria



En la noche del 20 al 21 de abril de 1974 se realizó un operativo en la calle Mariano Soler 3098, apartamento 3, y por posteriores reconocimientos se sabe que estuvo a cargo del general Juan Rebollo y que participaron también los generales Julio César Rapela y Esteban Cristi, los mayores Armando Méndez y José Gavazzo, el coronel Manuel Cordero y los entonces capitanes Mauro Mariño, Julio César Gutiérrez y Jorge Silveira.

Cuando una de las vecinas, se despierta, están intentando entrar a su casa. Mira por una de las ventanas, ve a los militares y también a alguien vestido con un “gamulán” beige que estaba con ellos y que, según le pareció, señalaba hacia su casa. Abre la puerta, y mientras le preguntan quién vive allí puede ver que en las azoteas muchos soldados apuntando a los apartamentos, como en un juego de guerra, espalda con espalda. Uno de ellos grita que esa no es la casa; le hacen cerrar la puerta y quedarse adentro. Desde los techos de la casa de al lado le gritan que cierre las persianas. Cuando intentan abrir otra puerta escucha al muchacho del gamulán gritar:


-¡Está desarmada, no tiren!
De pronto ve a un oficial que grita:
-Viene por la calle El Iniciador, en bicicleta.

Creyeron que el que venía era Washington; la bicicleta se acercaba, le dieron la voz de alto, no respondió, dispararon y el ciclista cayó herido. No se pudo hacer nada, el agente Dorval Márquez, que volvía a su casa después de la jornada de trabajo no escuchó, se sumó otra víctima. Años después reconocen al mayor Gavazzo como protagonista de este episodio.

Gabriela, la hija de la vecina, que era una niña en esa época, tiene la imagen todavía grabada. Vio cuando sacaban los tres cuerpos en  parihuelas, eran como inmensas muñecas de trapo; una era Silvia Reyes, su brazo sangrando asomaba colgando bajo la sábana, en la mano tenía el anillo de Washington. Gabriela conocía ese anillo, Silvia le permitía probárselo.

En el apartamento 4 vivía Gloria. Estaba embarazada y tenía una niña de 2 años. Esa noche estaba en la cama junto a su esposo.

En el dormitorio irrumpió Silveira con varios soldados, no los dejaron moverse hasta el amanecer. Escucharon los disparos, eran tantos que las paredes temblaban, pensaron que en cualquier momento podían atravesarlas. Hugo, el esposo, decía:

“-Sáquennos de acá, las balas van a pasar para este lado”.

Les pareció que los milicos estaban tan asustados como ellos, mirando y rogando que la pared resistiera. Después supieron que la primera hilera de ladrillos quedó prácticamente deshecha, la pared era doble.

Jacqueline tenía entonces 10 años, vivía con sus padres apartamento por medio del de Silvia y aquel 21 de abril estaba dormida profundamente.

“De golpe me despiertan gritos y golpes terribles en las ventanas y en la puerta de entrada”, relata. “Con mucho miedo me senté en la cama de un salto y comencé a entender lo que gritaban:

-¡Abran, abran, somos las Fuerzas Conjuntas, abran que tiramos! Eran muchas voces y seguían golpeando y gritando como desesperados. Salí de la cama y fui gateando al dormitorio de mis padres, tenía mucho miedo. Oía el ruido de las ametralladoras y pensé que podían tirar contra las ventanas, porque seguían gritando:

-¡Abran, abran que tiramos!

Si lo hubieran hecho, seguro que me habrían matado, porque tenía que pasar frente a las otras ventanas. En ese momento mis padres prendían la luz, saltaron de la cama y corrimos hacia la puerta, gritando que no tiraran e iban prendiendo las luces, abriendo las cortinas y por supuesto abrieron la puerta de entrada. No entendíamos nada, mi madre dice que eran las 2.45 de la madrugada; nos parecía que eso no era realidad, que era una pesadilla. Al abrir la puerta se abalanzaron una cantidad de militares con metralletas que apuntaban a mis padres y a mí. El patio estaba lleno de soldados que gritaban y corrían como locos.

A los gritos le preguntaron a mi padre:
-¿Usted cómo se llama?

No terminó de decir: Washington Barrios, cuando se lanzaron contra él, lo agarraron de los brazos y empezaron a arrastrarlo hacia afuera. Mi padre se resistía y preguntaba qué hacían y qué querían. Los soldados les gritaron a los otros: acá está. En ese momento se siente una voz que venía de atrás del montón de soldados:

-No, a ése no lo maten que es el padre.

Entonces lo soltaron y una cantidad de soldados y otros hombres de civil que llevaban camperas negras entraron a nuestro apartamento y preguntaron por mi hermano Washington. Nosotros respondimos que no sabíamos dónde estaba. Nos encerraron en el dormitorio custodiados por varios militares que nos apuntaban con sus armas. Entonces comenzó el ruido infernal de las ametralladoras y me di cuenta de que estaban tirando contra la puerta del apartamento de mi hermano. Aquello fue un infierno, se sentía el ruido de los impactos contra los vidrios, las ráfagas de las ametralladoras. Y nosotros impotentes; sentía en mi interior que estaban matando a Silvia y a su hijo, que luego de aquello no podía estar viva. Cuando salí fuera de la casa parecía que hubiese pasado un terremoto... Mi mamá me dijo que habían matado a Silvia y a las dos compañeras que estaban con ella: Laura Raggio y Diana Maidanic. Al mediodía llegaron varios camiones del Ejército con soldados y empezaron a llevarse todos los muebles. Se llevaron la puerta, sacaron hasta los tapones y las tapas de las llaves de prender las luces. Recuerdo cuando se llevaron la máquina de coser y el colchón del sofá cama que estaba en el lugar donde las asesinaron, todo estaba lleno de sangre. Era horrible. Lo que no pudieron llevarse, como el placard del dormitorio, lo rompieron. Unas semanas después, cuando mi padre y mi otro hermano limpiaron, volví a entrar al apartamento. La puerta de acceso al comedor y dormitorio no tenía un solo vidrio sano, el revo-que y los ladrillos estaban todos rotos a consecuencia de las ráfagas, las paredes salpicadas con sangre y las balas incrustadas en el cielo raso tenían trozos de cuero cabelludo.”

La madre de Washington, “Nené”, recordaba claramente que ese día “Gavazzo estaba vestido de traje sport de hilo, con corbata azul y camisa celeste; llevaba una ametralladora. Silveira estaba de uniforme, entró en la casa con expresión de loco y puso una metralleta sobre una mesita:

-¿Dónde está el hijo de puta de su hijo, que yo mismo lo mato?
Gavazzo entra y le dice:
-Cállese la boca, no le hable así a la señora y salga para afuera.
Todo era vértigo y violencia. Entra Cordero y le ofrece:
-Tome un cigarro, señora.

Se sienta en la cama y le pregunta a Jacqueline si conoce a la hermana de Silvia y a su esposo Nicolás Quiñones. Ella le contesta que sí, que siempre iba a la casa, que conocía también a los padres de Silvia y de Stella.

-Entonces ¿conocés bien la casa? -insiste Cordero.

La niña asiente, temerosa.
-Te voy a dar una hoja y un lápiz y me vas a hacer un mapa de cómo es la casa -le dice.

Nené reacciona y le responde que no va a permitir que su hija de 10 años dibuje un mapa, que la dejen en paz. Recuerda que Washington padre quedó mudo, esperando. No lo dejaban moverse, pero cuando vio que sacaban algo del apartamento no pudieron detenerlo, se acercó a la ventana y vio que sacaban los tres cuerpos. Dijo:

-Mataron a Silvia, y había dos muchachas más”.

Las visitas de Gavazzo a la casa de la familia Barrios continuaron después del operativo, llegaba con supuestas cartas del hijo o con otro verso. Este interés se mantuvo hasta setiembre, fecha en que desaparece Washington. Un día a mediados de octubre, tal cual lo anunciaba el mayor Gavazzo, llegó Armando Méndez con la moto de Washington que habían “encontrado” en el taller mecánico en que la había dejado. La devolvieron “para que la vendieran”.

Stella Reyes, detenida ese mismo día, reconstruyó la terrible jornada. Escuchó las versiones de los soldados en el cuartel de artillería, la de Mario Soto y la que su propio padre registró minuciosamente. En los dos operativos, el realizado en su casa y el de la familia Barrios, participó la misma gente, había oficiales de alto rango, los pudo ver cuando estaba contra un muro.


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